La vanidad de la consciencia humana reclama la propiedad de la vida

 

Por el desarrollo extraordinario del poder, se ha ido generando la idea, la consciencia de que la vida es una difícil tarea por realizar.

Y se convierte, el hacer del hombre, en una actividad en que supone un “trabajo” el lograr vivir.

Estamos hablando de consciencia.

El Sentido Orante nos habla de esa actitud universalizada, globalizada, de “la lucha por la vida”.

Planteado así, vivir es un absoluto fracaso.

Queda condenado a la destrucción.

Pero resulta que, si abrimos la consciencia a otras perspectivas, el vivir es un hecho excepcional que tiene el potencial para transcurrir, permanecer... Y, en sí mismo, vivir no supone... “no supone” un esfuerzo. No supone una carga, una fatiga.

Y si se ha producido ese nivel de consciencia es porque el desarrollo del poder humano ha alcanzado un nivel de manipulación de ideas, creencias, recursos..., de tal forma y manera que el poderoso, los poderosos, manejan y manipulan suficientemente el vivir cotidiano, convirtiéndolo en un estar y en un ser... que se cansa, que pelea, que busca, que discute, que insiste, que...

Así... así, vivir se hace una fatiga.

Pero no es esa la naturaleza de la vida.

La vida, en su excepcionalidad, al ser un acontecimiento insólito, tiene los recursos para permanecer, transcurrir, evolucionar... sin que ello suponga una fatiga, una guerra, una lucha “por”.

Y esta advertencia orante es importante, porque nos sitúa en una dimensión, según la cual, la preocupación, la búsqueda –en definitiva- de un cierto poder y dominio, es un camino que hace, del vivir, una torpe experiencia.

Y así se explica que se busque, en ocasiones, la llamada “muerte”, para desprenderse de la fatigosa vida.

Increíble.

Al convertir la actividad de la especie en una “propiedad de la vida”, los logros, los triunfos, las ganancias... establecen una competencia que resulta ser un combate diario. Un combate diario para tener, para ganar...

Y, así, el vivir se convierte en una “empresa” que busca producir, ganar y expandir su poder en muy diferentes niveles.

Y es así que se llega –en la actualidad- al convencimiento de que la vida la produce... es un producto de creación humana.

Los logros de la manipulación de las diferentes especies, y el control y el dominio de unos pocos sobre la globalidad de la humanidad, nos hacen creer “razonadamente” que la vida es un producto generado por el poder del hombre.

Apenas si cabe la idea de “una insólita actuación” de un conjunto de influencias que hayan propiciado la aparición de la vida.

En otros tiempos, las religiones daban la idea de que proveníamos de una creación divina.

Y, en cierta medida, esa idea se mantiene, pero ya como una especulación verbal, no como una consciencia sentida –en general-.

El dominio y el control de las especies por parte del hombre genera la idea de “creador”.

Diferentes poderes controlan el alimento, el agua, la reproducción, el trabajo, la pobreza, la miseria, el conocimiento, la salud... Y, claro, en esa situación, vivir es un tormento. Para todos; pero en desigual medida, claro.

Esa es la consciencia que gravita sobre ese grupo de humanidad que domina tierra, mar y aire.

Posiblemente, no seamos –no se sea, por momentos- conscientes de esta visión de la Llamada Orante. Pero cuando llega la angustia, la ansiedad, la pena, el temor, el miedo, vivir se hace especialmente difícil.

Y hasta podemos preguntarnos: “¿Pero qué gracia tiene la vida?”.

Y es ahí cuando tenemos que asumir la excepcionalidad del vivir, lo insólito del acontecimiento, cuyo sentido es permanecer y transcurrir eternamente.

Ahí tenemos que asumir otra consciencia que nos permita no quedar atrapados en el salario, en la renta, en lo que puedo, en lo que no puedo..., sino en el sentirme liberado por habitar en un Universo infinito.

La materialización de lo sutil, de lo ideal, de lo fantástico, de lo extraordinario, de la belleza, del “arte”, nos lleva a una consciencia simplemente productiva, de una guerra o lucha por sobrevivir.

Y es así que la Llamada Orante se convierte en ese soplo, en ese aliento que nos mantiene con el entusiasmo que supone la consciencia de vivir...; con la sorpresa que supone la suerte de encontrar...; con la alegría que aporta el encuentro de sonrisas, de diversión...

Y todo ello nos puede conducir a estar en una consciencia creativa, no productiva, con la certeza de que esa consciencia creativa va a gestar los recursos que precisemos en nuestro transcurso.

Y hay que fijarse... desde lo más material: el darse cuenta de que, un día de respirar, masticar, hablar, andar... –atención- supone una conjunción extraordinaria de solidarias funciones de más de 70 trillones de células.

¿Es o no, extraordinaria, la vida? ¿Es o no, milagrosa, la existencia? ¡Cómo ese conglomerado!... –desde la óptica material- se ha puesto de acuerdo para generar esas funciones increíbles, como el hablar, como el calcular, como imaginar...

¡Eso no lo hemos producido nosotros, como humanidad!

Ha sido gestado por... infinitas influencias. De ahí que llamemos, a la vida, “algo excepcional”, “extraordinario”, “insólito”.

Eso debería ser suficiente motivo para que nuestra consciencia de estar y de hacer se sintiera gozosa, ¡entusiasta!, comunicativa, ¡solidaria! Dar una respuesta como la que todo nuestro organismo da, solidariamente, para estar.

Y, en esa medida, la idea de que la vida es una lucha, una competencia, un triunfo, una posesión, podrá diluirse, podrá hacer cambiar la actitud de humanidad... y que pueda expresarse esa consciencia de sentirme un acontecimiento insólito en el Universo, y comportarme como tal, sin reclamar nada porque todo lo tengo, y hacer testimonio de mis recursos, que todos y cada uno de nosotros necesitamos los de los demás.

La Llamada Orante advierte de que, en el pensamiento “lógico”, se entienda la excepcionalidad, lo extraordinario y lo insólito de la vida; su misterio, su milagro.

Pero la cuestión es que, en el transcurso del vivir humano, esa idea no se plasma en el hacer cotidiano. Y, de esa manera, entramos en un raciocinio, en un razonar, en un calcular, en un producir, en una renta, en una competencia.

Resulta –nos dice la Llamada Orante- de “cierta urgencia” –dejémoslo así- la necesidad de replantear nuestra consciencia. Porque probablemente esté contaminada por todo lo que hemos expresado, y no haya la suficiente luz... para ver la transparencia de la vida, y sí haya excesiva oscuridad para ver la dureza de la vida.

Y así se expresa: “¡La vida es dura!”.

¿La vida es dura...? La vida es plegable, adaptable, flexible, cooperante. Si no, no se hubiera promovido y expandido.

Pero la vanidad de la consciencia humana se erige por encima de todo ello, ¡y reclama la propiedad de la vida!

Y así escuchamos: “Porque yo, con mi vida, con mi propia vida, puedo hacer lo que crea conveniente”.

¡Nos hemos declarado propietarios de la vida!

Desde la óptica espiritual y anímica, esa frase de “la vida es mía, me pertenece, hago con ella lo que quiero”, etc. –“propietario de mi vida”- es insolente; ¡como mínimo! Y, ¡claro!, convierte la vida en algo ¡duro!, que lucha por tener, por ganar.

Urge que la consciencia de vivir se convierta en una consciencia de eternidad, de infinito; que disolvamos nuestra posesión, nuestra pertenencia.

No nos pertenecemos. Somos una expresión misteriosa de la Creación –como frase mínima-.

Y eso nos debe llevar a la idea de que no tenemos que competir y defendernos y atacar... por la vida.

Dejar que la vida se exprese a través de nuestra consciencia, sabiendo que ésta –la consciencia- es una intermediaria fase... –“intermediaria fase”- en nuestra evolución.

Infinitas posibilidades nos envuelven.

Quedarse anclado en la propiedad de mi ser es anular las expectativas de Lo Eterno.

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