Integrarnos en la transparencia, que es la esencia de nuestra vida

 

Fluctúan las consciencias, en este transcurrir entre lo virtuoso y lo catastrófico.

El sentido dual se hace cada vez más fuerte y evidente.

Entremedias de esos dos extremos, oscila una humanidad dudosa, indecisa, insegura... indolente y vanidosa.

“Indolente”, en el sentido de que no ejercita acción hacia ningún sentido.

“Vanidosa”, en el aspecto de querer aparentar.

En los extremos, y entremedias, hay un elemento común: la mentira-ocultamiento.

Eso hace que la historia personal de cada ser... carezca de referencias.

Cualquier aspecto se expresa en dualidad: riqueza-pobreza, bueno-malo, día-noche...

La Llamada Orante se expresa sin dualidad, en el sentido de universalidad, en la consciencia de habitantes de Universo.

Ni los extremos, ni lo intermediario, se hacen auténticos. No son auténticos.

Al trascenderlos, descubrimos otra realidad.

No precisamos de la caja fuerte de las mentiras y los ocultamientos.

No hace falta aparentar lo que no somos. Nos hacemos transparencia.

Y en ese sentido, la Llamada Orante nos hace ver que esa transparencia es la cualidad que hizo posible la vida. Ningún componente que constituye la vida es extremo, ni tampoco aparente, y mucho menos mentiroso u oculto.

Cada componente es claro y transparente. Y así conseguimos estructurar, conjugar, convivir, compartir.

Así sabemos de la amabilidad de llegar, de la amabilidad de marcharse...

Así descubrimos el respeto que implica la identidad de cada ser.

Así reconocemos el aporte de cada uno... y, en consecuencia, nos hacemos servidores sin renta.

Ciertamente, ser transparente, en este transcurrir, no resulta práctico, no resulta fácil, no resulta productivo, no resulta rentable, y tampoco es importante personalmente.

El ser parece estar o ser “anónimo”, porque su referencia es la Creación; que la vive a través de la intermediación del entorno.

Un entorno que es todo lo viviente.

Y así elige la referencia que mejor refleje el Misterio Creador.

Y con ello ejercita su transparencia.

Hoy, la visión amplificada de un ser es la de una imagen encorvada, cargada, que difícilmente anda, que arrastra una carga, que le cuesta mirar hacia arriba...

Pareciera llevar un tesoro, pero en realidad lleva miserias.

Que trata de ocultar, que hace por aparentar, que está en permanente juicio, desespero, condena...

En el mundo de ese transcurrir, las justificaciones son la norma.

Cualquier postura o posición –cualquier postura o posición- se justifica, se razona, se aplaza…; y así transcurre el ser entre el… “luego”, “luego”, “luego”.

No es vida.

Y todo se desarrolló por querer ser importante, por culpar a todo el entorno de lo que me pasa, por conceptuar que no he llegado a la cima de lo que quería...

Porque el ser empieza a no gustarse.

Se fustiga. Se castiga y castiga.

No le dijeron que era un ser transparente. Que era una formación con componentes transparentes.

Y eso reclama la Llamada Orante: ‘re-considerarnos’. Ver si estamos transparentes o no. ¡No es tan difícil!, aunque resulte penoso.

Ese es un prejuicio. Hay que apartarlo para hacerse transparente. Y como se está en este sentido de la propuesta orante, “fuera de la dualidad”, no somos ni mejores ni peores.

Somos una transparencia, como un papel de fotografía que aún no ha sido revelado.

¡Necesitamos entrar en nuestro cuarto oscuro!... para revelar nuestro papel... y ver la transparencia de lo que somos.

Y poderla mostrar sin prejuicios, sin temor.

Ahora el mundo cacarea de hacerse un selfie. Y aprovechando esa imagen, la idea es hacerse una ‘foto-grafía’ del interior... Esa que es transparente, esa que ha surgido del espacio oscuro.

En esa multitud entre los extremos –bueno-malo, alto-bajo, rico-pobre-... en esa multitud en la que –como decíamos- hay indecisión, hay inseguridad, hay desorientación, hay vanidad, hay indolencia: esa actitud de abandono, esa actitud de “me da igual” –¡no me da igual!-... en ese marasmo, se mueve en la búsqueda de remedios. Pero se hace difícil encontrarlos.

Mientras se esté en esa ocultación, mientras se sea un selfie aparente... se buscan remedios para seguir así, pero realmente no se buscan remedios para hacerse transparente.

Por ello, todos los remedios fracasan.

Se hace el desespero y aparece el ‘sin-remedio’. Acontece el desánimo:

“No tengo remedio. ¡No hay remedio! Pero no estoy dispuesto a cambiar nada de lo que soy. Quiero seguir con mi joroba, con mi arrastre”.

No obstante, ¡hay un reclamo interno de la vida!, que cada ser, quiera o no quiera, escucha. Y que, aunque no esté revelada la fotografía, se intuye cuál es la imagen.

Y cada ser sabe la bondad que debe ejercer.

Pero tanto peso, tanto agobio, cierra la puerta.

Pero hay que apercibirse –nos dice la Llamada Orante- de que el ejercicio de la virtud de cada ser no puede encarcelarse.

Es un engaño pensar que no hay salida, que las puertas están cerradas, porque la virtud de la vida no... ¡no tiene barrotes!

Y esto es significativo y trascendente, porque ya no hay justificación para decir: “No, es que no puede ser”. “No, es que no puedo”. “No, es que...”. No.

El asumir la revelación de mi ser, y mi transparencia, me lleva a la liberación de mi transcurso, de mi discurso, de mi presencia.

El “luego, luego, luego”, la espera, espera, espera... debe amplificarse... y se hace ‘espe-ranza’.

Y en la esperanza se practifica ese revelado, esa revelación que nos hace salir del Off y entrar en el On, con la intención, con la intuición, con la realización, con el testimonio.

La virtud no tiene miedo. El revelado, tampoco. Pertenece a otra realidad de consciencia.

La consciencia sometida se queda sin recursos para no liberarse.

Es así como la oración se convierte en el recurso.

Es así como nos llaman, y nos hacemos eco:

Eco dispuesto a resonar.

Eco servicial de entrega, de ¡entusiasmo por ser revelado!

Sí. Dicho así, con vehemencia: “entusiasmo por ser revelado”.

No hay vergüenza. No hay timidez. Hay transparencia.

Y así la imagen se hace erguida..., la cabeza mira hacia las estrellas..., el peso se diluye, el arrastre desaparece... y la ruta cambia.

Nos hacemos lo que somos: universos... en un transcurrir transparente, ¡con remedios!

“En un transcurrir transparente, con remedios”. Porque antes no había remedios. Todos eran vanidades.

Pero sí hay remedio: esa espera esperanzadora... y esa certeza de que, en ese cuarto oscuro donde se revela, está el eco, está el sonido original que nos da la liberada posición de la vida.

Ahí se refugian la piedad, la misericordia y la bondad.

Ahí, en ese revelado, nos sentimos ¡dignos!... bajo el cobijo del Misterio Creador.

Que esa ‘espera-desespera’, se haga esperanza.

Que nos dispongamos realmente a integrarnos en la transparencia, que es la esencia de nuestra vida.

Y que seamos replicantes ecos del sonido original.

Seamos un amén y un ‘ámen’, continuo.

 ¡Sí!

***

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